Criterios dogmáticos respecto al Sábado
En ninguna otra parte de la Escritura del Antiguo Testamento en lo que concierne a la ley ha tenido tanta discusión que el cuarto Mandamiento. Muchos han visto en él un gran tropiezo que ha dado motivos a grandes y delicadas controversias. Es lamentable que hoy en día, la mayoría de libros cristianos -que enseñan sobre los Diez Mandamientos-, los autores se aparten de tal cuestión. Emprenden sus labores de una forma tan extraordinaria, pero al tropezar con el cuarto Mandamiento ven un gran abismo que nos les queda otra cosa que dar un salto y proseguir con el siguiente escalón, sin percatarse que ya todo lo que habían edificado se ha desmoronado totalmente. Eso es, precisamente, lo que Santiago da a entender en su epístola cuando dice: «Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos». (Stg. 2:10).
En medio de tan acalorada discusión, surgen las preguntas: ¿Deberían los cristianos guardar el sábado? O ¿Tiene que ver la iglesia con el sábado que Dios dio a los hijos de Israel? ¿No es el domingo el día que los cristianos deben de guardar en vez del sábado? Estas son las preguntas que muchos cristianos sinceros se hacen a menudo, pero en tan variadas opiniones muchos resultan confundidos y confunden a otros. Pero, qué dice la Sagrada Escritura al respecto. ¿Calla la Escritura con respecto al tema? Claro que no. De esto se trata la obra que tiene en sus manos
Antes de embarcarnos a su estudio quiero advertirle, amado lector, que este trabajo no tiene como propósito entrar a discusión con el complejo tema relacionado a la «Ley», puesto que nos saldríamos demasiado del tema del que nos hemos propuesto. Sin embargo, por la estrecha relación que guarda esta obra con ella, hemos sido tentados, aunque de manera parcial, aclarar algunos aspectos necesarios que serán importantes para comprender el cuarto Mandamiento.
Es nuestro mayor anhelo que esta obra aumente su deseo de escudriñar más las Sagradas Escrituras. Dejemos que ella nos conduzca a los raudales de la verdad objetiva y, no permitir o dejarnos influir, por las presuposiciones dogmáticas subjetivas. Recomendamos a que tome en sus manos su Sagrada Escritura, y nos acompañe en este fascinante recorrido que haremos a través de sus páginas.
Todas las citas han sido tomadas de la versión Reina Valera de 1960. A menos que se indique lo contrario, lo informaremos en sus notas bibliografía.
Criterios dogmáticos
Existe un argumento muy arraigado que circula en algunos grupos confesionales, de que las leyes de Dios fueron hechas para Israel y que los gentiles nada tienen que ver con ellas. Esta idea nos sitúa ante un problema. Primero que nada, el despreciar las leyes de Dios nos hace pensar que las leyes de las otras naciones que rodeaban al pueblo de Israel de aquella época, eran mejores que las de Él. Segundo, ignoramos el verdadero propósito por la cual Dios se las concedió a su pueblo Israel. Esos volúmenes que contenían formulaciones legales no eran simples reglas que yacían en sus letras como las de las otras naciones. Dentro de ellas yace un significado profundo y espiritual, no simplemente letras muertas ocupando un lugar más en los estantes del palacio de un rey. En ellas yace un espíritu que las trasciende de las demás leyes humanas. Es por esa razón de que el hombre es bienaventurado cuando se acoge a ella deseándola como un manjar apetitivo y haciendo de ella su dieta diaria día y noche. (Sal. 1: 1-3). Es esa bienaventuranza la que pierden muchos cuando se acercan a ella y la ven con un espíritu indiferente y legalista, pues se pierden su más exquisito propósito por no hacerse acreedores o hacedores de ella, sino que se convierten en jueces y murmuradores. (Stg. 4:11). El hombre que ahonda en su significado es como una persona que va en busca de buenas perlas y que, al descubrirlas, se apropia de ellas y las hace su tesoro que nunca en su vida querrá perder jamás. (Sal 119:127; Pr. 2:1-5). El hombre que la desprecia atenta contra su propia vida, pues la priva de su más valiosa sabiduría que lo conduce a los caminos más elevados en donde el alma encuentra el verdadero sentido de su existencia. (Pro. 4:1-13). Jamás Dios quiso que esta ley se convirtiera para el hombre una carga insoportable que extenuara a sus criaturas. Eso es lo que vino a hacer patente nuestro Señor, cuando en el «Sermón del Monte» expuso su más largo discurso sacando a relucir las grandes verdades que manaban de ella. No la hizo más rigurosa, como las almas insensibles argumentan, sino que la hace trascender para que el hombre pueda darse cuenta la virtud que de ella mana. Él va más allá de la letra, pues la letra mata, más el espíritu que subyace en ella, vivifica. (2 Co. 3:6). No existe una «constitución» de tan grande envergadura que pueda compararse con estas leyes tan divinas que nuestro creador, en su soberanía, nos lo ha proporcionado. En palabras del gran Rabino de Ginebra, Alexandre Safran, podemos decirle a Dios en nuestra oración, esta importante exclamación: "¡Oh Padre nuestro, Padre misericordioso! Ten piedad de nosotros, y da a nuestro corazón la inteligencia y la sabiduría necesarias para escuchar, aprender, enseñar, observar, ejecutar y cumplir con amor todas las palabras de la Tora. ¡Ilumina nuestros ojos en el sentido de la Tora, y ata nuestro corazón a tus mitsvot!...". (La Cábala, la otra ciencia, Pág. 24)
A continuación, expongo algunos comentarios que a menudo escucho en muchos cristianos, y que mantienen posturas diferentes que están en pugna contra las leyes de Dios. Esto nos será importante para poder aclarar algunos aspectos con respecto al cuarto Mandamiento.
Por ejemplo, algunos enseñan que la ley de los Diez Mandamientos cesó cuando Cristo, por medio de su muerte y resurrección, dio lugar a la gracia, de acuerdo a las interpretaciones que se le dan a ciertos pasajes de las Escrituras. Como por ejemplo, el versículo 4 del capítulo
10 de Romanos que dice: «Porque el fin de la ley es Cristo para justicia a todo aquel que cree»; o el del capítulo 7 versículo 4 de Romanos: «Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos». Sin embargo, al analizar estos versículos a la luz de sus contextos, nos damos cuenta que esta clase de interpretación es fatal.
Otros, en cambio, enseñan que los Diez Mandamientos siguen vigentes, pero que están resumidas en una sola sentencia, dando, por cierto, a entender con esto, un cierto grado de suavidad o flexibilidad a las leyes de Dios. Como, por ejemplo, se citan Gálatas 5:14: «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: amarás a tu prójimo como a ti mismo»; o, la de Mateo 22:34-40, en donde el Señor hace esta aclaración resumiéndola en una sola palabra "amarás"; expresadas en ambas direcciones, esto es, hacia Dios y el prójimo.
Otros enseñan, con más audacia, que los Diez Mandamientos siguen inalterables, a excepción de uno, -el cuarto Mandamiento- debido a que, nueve de los Diez Mandamientos, están expresadas categóricamente en el Nuevo Testamento. Argumentan, que si el cuarto Mandamiento estuviera vigente, ¿por qué la Escritura no hace énfasis en ella como lo hace con los otros nueve?
Como podemos observar, existen grandes diferencias entre un grupo y otro, pero también se dejan ver algunos rasgos en común, sobre todo en el segundo y tercer ejemplo expuesto. Los dos últimos grupos, antes mencionados, llegan a conciliar e interpretar el cuarto Mandamiento como símbolo de descanso espiritual en el período de la gracia, o a un cambio de día. Enseñan que el sábado representaba a Cristo en todo su esplendor, ya que en el descansa todo aquel que le obedece, tomando como base el texto de Mateo que dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas». (Mt. 11:28 y29). Aunque este argumento tiene un elemento de verdad, el texto no está justificando al hombre para no guardar el sábado. El texto nada nos dice del sábado. Otros, en cambio, enseñan que el domingo es simplemente el equivalente neotestamentario del día de reposo del Antiguo Testamento y que debe observarse de la misma manera. Esa era la postura que mantenía Westminster. En su "confesión de fe" él llama al día de reposo "el día de reposo cristiano", haciéndose referencia al día domingo. Luego agrega: "El día de reposo es santificado cuando los hombres, luego de haber preparado sus corazones y puesto en orden los asuntos de antemano, guardan un reposo santo durante todo el día, libres de cualquier trabajo, palabra y pensamiento, y de todo lo que se relacione con los goces y las reacciones mundanas; y que además ocupan todo este tiempo en el ejercicio público y privado de la adoración, y en los deberes de necesidad y misericordia" (XXI, 7, 8).
En el primer ejemplo, se hizo mención que algunos sostienen que la ley cesó por la muerte y resurrección de Cristo y, por lo tanto, el cuarto Mandamiento también fue abolido. Juan Calvino expresaba claramente este concepto. Él decía que "el día sagrado para los judíos había sido dejado de lado" y que "otro había sido instituido" en su lugar. (Calvino, Institutes, p. 388).
Como usted puede observar en estos ejemplos, no solamente se trata de manipular la ley de Dios a nuestro antojo, sino que, también, todos carecen de un compromiso serio con la Escritura. Recuerdo que un hermano y amigo me preguntaba: "¿Por qué ustedes ponen mucho énfasis al día de reposo? ¿Creen que con obedecer este Mandamiento van a ser salvos? Mi respuesta que le di, fue la siguiente: "La ley no salva, pero nos condena. Muchas personas tienen una idea equivocada respecto a los Mandamientos. Si quisiéramos responder a la primera objeción formulada por este hermano, diría que la Escritura no le adjudica a ninguno de los Mandamientos de Dios importancias mayores o menores. Los Diez Mandamientos, en conjunto, son de valor e importancias iguales; no hay ninguno con mayor o menor importancia que otros. Sin embargo, el cuarto Mandamiento, que está en nuestra consideración, tiene un distintivo singular dentro de los diez, pero no por eso es de mayor valor que otros. En segundo lugar, diría que hacemos énfasis en ello por la tergiversación que muchos han tratado de darle y que ya no lo ven como una transgresión por la manipulación que se le ha dado; ya no se ve como un escándalo, como cuando uno quebranta el Mandamiento de "No adulterarás".
Si respondemos a la siguiente pregunta -de si nos salvaremos con guardar los Mandamientos de Dios-, tenemos que admitir que no podemos dar una respuesta a la ligera sin que hayamos considerado algunos elementos importantes. La Escritura es muy clara al decirnos «... que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él...», sino «... que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley» (Ro. 3:20a; y 28b). Sin embargo, también las Escrituras nos declaran «... que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe». (Stg. 2.24b). ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué Santiago quiere corregir el burdo concepto de Pablo? No. Santiago es el complemento perfecto de los escritos de Pablo -no su oponente- ya que, de otra manera, no sabríamos cómo podría un hombre, ya justificado, conducirse ante Dios. Es lamentable que muchos no se den cuenta de lo que esto implica. Algunos podrían objetar que Santiago no se está refiriendo a las obras de la ley en sí. No precisamente, y, es eso una de las razones por lo cual Santiago no está contradiciendo a Pablo. Aunque Pablo tampoco está especificando a qué ley se está refiriendo, Santiago ya lo ha comprendido. No cabe ni la menor duda que Pablo se está refiriendo a las leyes rituales, puesto que, en su tesis, el viene hablando sobre el rito de la circuncisión. (Ro. 2:25-29); pero esto tampoco da margen como para pensar que la ley de los Diez Mandamientos pueda estar en juego con nuestra salvación. Eso estaría en contra con las otras Escrituras de Pablo en donde el deja sentado las bases que la salvación es por la gracia y la misericordia de Dios (Ef. 2.8 y 9). Y, aunque Santiago tampoco declara a que obras se refiere, su tesis está muy clara. Él no puede estar contradiciendo a Pablo. En el contexto de su discusión, Santiago viene hablando de una ley moral (vs. 8-12), es decir, sobre los Diez Mandamientos. Pero esto no quiere decir que el hombre se pueda justificar con ello. Claro que no. Pero la fe se justifica o se perfecciona a base de las buenas obras; y las buenas obras, manan de la perfecta ley de Dios. (Stg. 1:25). Cabe, entonces, la pregunta que Santiago nos hace «... ¿de que aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?». Nuestra respuesta sería un rotundo "No". Es a base de esta posición en que las obras tienen su verdadero valor y están compenetradas en la historia de nuestra salvación.
Queda, pues, demostrado que el verdadero cristiano no puede divorciar su fe de las obras; de lo contrario, su fe es muerta. Como dijimos, ambos pensamientos no nos permiten dar una respuesta a la ligera hasta que hayamos considerado ambos pensamientos en sus respectivos contextos. Pero como este no es el objetivo de este estudio, pues nos saldríamos demasiado del tema; sin embargo, es necesario tener presente estos conceptos si queremos adentrarnos más adelante el respecto.

